O los odias o los adoras, o te flipan o te repugnan, ese es el encanto de los callos. Junto con las manitas de cerdo me parecen un manjar para disfrutar muy de vez en cuando, en su cazuelita de barro y con pan y vino como para una boda...
No se me da nada bien hacerlos, es más, me da bastante pereza limpiarlos y casi siempre los he probado en restaurantes o porque me los han preparado de manera magistral alguien de la familia. El problema es que no siempre se tiene a mano a alguien que te los haga, así que he recurrido a la vía fácil: comprarlos precocinados...